Sobre los cambios cósmicos y la apertura del corazón.

Desde el principio de los tiempos, un cierto número de seres con conciencia de sí enfrascados en validar el pensamiento de separación, han sabido reconocer que la realidad aparente se construye y sostiene a partir de enfoques mentales específicos, apuntalados sobre lo que la interpretación hermetista enlista como siete principios. A saber:

  1. Principio del Mentalismo: El todo es mente; los multiversos son mentales.
  2. Principio de Correspondencia: Como es arriba es abajo; como es abajo es arriba.
  3. Principio de Vibración: Nada está inmóvil; todo se mueve; todo vibra.
  4. Principio de Polaridad: Todo es dual, todo tiene dos polos.
  5. Principio de Ritmo: Todo fluye y refluye; todo tiene sus períodos de avance y retroceso.
  6. Principio de Causa y efecto: Toda causa tiene su efecto; todo efecto tiene su causa.
  7. Principio de Género: El género existe por doquier; todo tiene su principio masculino y femenino; el género se manifiesta en todos los planos.

A su manera, la civilización china lo apuntaba desde el año 1200 antes de Cristo al conformar un libro oracular de extraordinaria sabiduría al que se llamó I Ching (Libro de las mutaciones). En ambos casos, el reconocimiento relativo a la conformación dual de la realidad aparente en la que voluntariamente nos manifestamos, implica de manera específica la importancia de identificar los ciclos cósmicos, toda vez que su reconocimiento facilita afrontarlos de la mejor manera posible, aprovechándolos para abordar la Gran Tarea de reunificación de las conciencias de sí que se expresan en espacio-tiempos desde los que validan la ilusión de separación —conceptuada como multiverso o expresión de partículas energéticas en separación aparente— a partir del reconocimiento personal absoluto de la realidad amorosa del Ser, que como tal, nada tiene de dual.

Lo anterior se apunta, en primera instancia, como base para reconocer que desde tiempos remotos se ha sabido acordar el valor práctico del conocimiento e identificación de todo tipo de ciclos como recurso para conseguir el mayor aprovechamiento posible de los cambios planetarios, inminentes en nuestros días, toda vez que suelen sobrepasar cuanto los seres con conciencia de sí son capaces de abarcar en algún momento determinado del flujo y reflujo cósmico.

Importa anotar que Gaía, en tanto conciencia de sí de la Tierra, no sólo conoce todo al respecto, sino que se apresta a utilizar espacio-tiempos específicos durante el desenvolvimiento del presente ciclo cósmico para favorecer su propio cambio de vibración en el momento preciso, independientemente de lo que conlleva para el resto de conciencias de sí que la pueblan.

A nosotros toca, pues, mantenernos informados y atentos en uso de nuestro libre albedrío, y no tan sólo para montar la ola, sino para abrazar los cambios con el propósito más alto, entendido como el inicio de la reunificación amorosa de cuanta conciencia de sí se enfrasca en la realidad aparente de separación.

Concebidas las cosas de esta manera, conviene saber que el flujo y reflujo de mutaciones que desde la redacción de los principios hermetistas y del I Chin se reconocían y agrupaban, está siendo orientado hacia la unificación amorosa por las conciencias de sí más iluminadas, a partir de tres condiciones que favorecen a cuanta expresión de almas se reconozcan en las mismas. A saber:

1ª. Haberse cansado de participar en lo que se define como el juego mental del pensamiento de separación.

2ª. No verle más sentido al mismo.

3ª. Estar dispuesto a seguir la guía requerida, a sabiendas que nadie se salva solo.

La intervención de estas conciencias de sí que se muestran como las más iluminadas, favorecerá no sólo a quienes habitamos al planeta Tierra, sino al resto de conciencias de sí que se expresan en todos los niveles de la realidad material aparente, a quienes por efecto dominó, les será posible ir más allá de los llamados saltos dimensionales o cambios de octavas vibracionales.

La manera en la que todo ello se posibilita, es desde el conocimiento indubitable de que sólo el Amor es Real.

Entendamos, así, que el Amor que irradia la fuente primigenia es para experimentarse, si bien no a partir del pensamiento de separación —habida cuenta que de suyo lo invalida—, sino por el sentimiento que todo unifica desde su asiento en el lugar secreto del corazón, donde arde la llama trina sagrada.

Como ocurría en tiempos remotos, ejercitar a diario la apertura del corazón deviene fundamental para aprovechar los cambios inminentes que los ciclos cósmicos imponen en el planeta desde el que como alma nos expresamos. Los ejercicios que la favorecen son sencillos y al alcance de todos. Ejemplo de ello lo tenemos en la meditación diaria que arraiga el silencio de pensamiento, si bien igualmente efectivos resultan abrazar; expresar aprecio con la palabra, la mirada, el toque discreto de intento unificado o el disponerse a escuchar sin juicio de por medio.

Finalmente, en tanto almas que somos en servicio de Luz y voluntad de unificación, conviene decretar la apertura del corazón a la manera en la que el Gran Maestro Saint Germain nos ha enseñado:

“Yo Soy la divina presencia amorosa del Ser inmutable, a partir del asiento de Dios en mí, irradiándome desde mi expresión actual en la Tierra, con el corazón abierto y en amoroso servicio de Luz. Así es. Así es. Así es.”

Genrimain.

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